Cada primero de septiembre, el jefe del ejecutivo en México presenta su Informe de Gobierno, un ejercicio mediante el cual se da cuenta al Congreso y a la ciudadanía sobre el estado que guarda la administración pública. Sin embargo, la fecha, el formato y, sobre todo, la manera en que este acto se comunica a la sociedad han cambiado a lo largo de la historia del país.
Los antecedentes del Informe de Gobierno se remontan a los primeros años de la vida independiente de México. Inspirada en parte en la Constitución española de 1812 —que establecía la participación del rey en la apertura de las Cortes—, la Constitución de 1824 dispuso, en sus artículos 67 y 68, que el Congreso se reuniría anualmente para que los responsables de las secretarías de Estado informaran sobre la situación de sus respectivas áreas.
El 1 de enero de 1825, el entonces presidente Guadalupe Victoria presentó el primer informe presidencial de la historia de México. Durante las décadas siguientes, la rendición de cuentas no tuvo una periodicidad ni un formato estrictamente definidos: los presidentes podían informar sobre su administración tres o cuatro veces al año y las fechas variaban de acuerdo con las circunstancias políticas e institucionales.
En 1867, Benito Juárez propuso que el informe presidencial se presentara por escrito y no únicamente de manera verbal. La iniciativa, sin embargo, no prosperó. Años más tarde, durante el Porfiriato, se consolidó la práctica de presentar dos informes anuales, vinculados con la apertura de los periodos de sesiones del Congreso. Con 61 informes, Porfirio Díaz se convirtió en el presidente que más veces ha presentado este ejercicio en la historia de México.
La promulgación de la Constitución de 1917 representó un nuevo punto de inflexión. El artículo 69 estableció que el presidente debía presentar anualmente, por escrito, un informe al Congreso sobre el estado general de la administración pública. Con ello comenzó a consolidarse la práctica que posteriormente convertiría al 1 de septiembre en la fecha emblemática del Informe Presidencial.
Durante el periodo de hegemonía del PRI, que se extendió de 1929 a 2000, el informe adquirió una dimensión política y simbólica que trascendía la obligación constitucional. El 1 de septiembre llegó a ser conocido popularmente como el “Día del Presidente”: el mandatario ocupaba el centro de la escena política, pronunciaba un extenso discurso ante el Congreso y el acontecimiento era acompañado por movilizaciones, actos partidistas y una amplia cobertura mediática. La ceremonia se convirtió así en uno de los principales mecanismos para proyectar la imagen presidencial y comunicar los logros de la administración.
La llegada del PAN a la Presidencia en el año 2000 modificó gradualmente esta dinámica. El cambio más visible ocurrió durante el sexto Informe de Gobierno de Vicente Fox, en 2006. En medio de un ambiente de tensión política y protestas, Fox no pudo pronunciar su discurso desde la tribuna de la Cámara de Diputados. Tras entregar el documento a la Mesa Directiva, dirigió posteriormente un mensaje a la ciudadanía a través de una cadena nacional.
El episodio evidenció que el Informe de Gobierno ya no dependía exclusivamente del recinto legislativo para llegar a la sociedad. La televisión y los medios de comunicación comenzaron a desempeñar un papel cada vez más importante en la construcción del mensaje presidencial.
Durante el gobierno de Felipe Calderón se produjo otro cambio relevante. En 2008 se reformó el artículo 69 constitucional para establecer que el presidente ya no estaba obligado a asistir personalmente al Congreso para entregar el informe. A partir de entonces, la presentación del documento y el mensaje político del mandatario podían desarrollarse en espacios distintos, ampliando las posibilidades de producción y difusión del discurso presidencial.
Esta transformación también marcó el inicio de una nueva etapa: el Informe de Gobierno dejó de ser únicamente un acto protocolario de rendición de cuentas para convertirse, cada vez más, en una estrategia de comunicación política. El escenario, el discurso, los mensajes clave, la imagen del mandatario y los medios utilizados para transmitirlos adquirieron una importancia central.
Con la llegada de Enrique Peña Nieto en 2012, el informe se volvió un espectáculo de televisión. Ya no había conflictos con los diputados porque el evento se movió al Patio Central de Palacio Nacional, rodeado de políticos, empresarios y diplomáticos. Para verse más accesible, en su cuarto informe (2016) armó un formato tipo programa de televisión (town hall) donde salía rodeado de jóvenes haciéndole preguntas en un set más producido. El informe dejó de ser un acto oficial serio y se convirtió en un comercial gigante de su gobierno.
Cuando Andrés Manuel López Obrador tomó el poder en 2018, la jugada volvió a cambiar por completo. Al salir a hablar todas las mañanas en la televisión y en redes, el 1 de septiembre perdió toda la exclusividad. Además, comenzó a hacer sus propios eventos: empezó a dar informes cada tres meses y cambió los salones cerrados por mítines masivos en el Zócalo. El informe perdió la aburrida etiqueta burocrática y se transformó en una fiesta popular para llenar la plaza con su gente.
Hoy con Claudia Sheinbaum, el documento se sigue entregando por escrito al Congreso para cumplir con la ley, pero el show se fue de gira. Ahora la estrategia es dar un mensaje principal y luego salir a recorrer los 32 estados para dar el informe en diferentes regiones del país, buscando estar más cerca de la gente fuera de la capital.
A dos siglos de aquel primer ejercicio de Guadalupe Victoria en 1825, el Informe de Gobierno cambió por completo. Lo que empezó como una obligación para revisar el trabajo del gobierno pasó por la época del «Día del Presidente» y hoy es una mezcla de trámites en papel, mercadotecnia digital y eventos para la foto. Al final, el 1 de septiembre ya no es el día en que el presidente va a rendirle cuentas a los diputados, sino la fecha en que cada gobierno arma su propio show para salir bien en la tele y en redes.