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Esto es solo una columna vacía

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La hoja en blanco es un miedo al que no solo los escritores se han tenido que enfrentar. Desde el niño de educación básica con aquel texto en el que explica cómo es un día normal en su vida, pasando por aquel universitario al iniciar su tesis de titulación, hasta llegar a aquella persona que se ha resistido por veinte años a redactar. Eso es lo que relata Josefina Vicens en la que podría ser su obra más destacada: El libro vacío.

El libro vacío y Los años falsos fueron un par de textos que me dejaron leer en aquel primer semestre de la carrera. Fue en clase de compresión y expresión oral. He de admitir que el título me pareció muy presuncioso. ¿Cómo es que un libro puede tener tal nombre? 

Lo compré en Gandhi una tarde tras salir de la facultad. Le quité el plástico. Aprecié la pintura de la portada. Leí apáticamente el prólogo de Aline Pettersson. Lo que sucedió a continuación fue mágico. Pasé mis ojos sobre las líneas hasta casi la mitad de la obra durante el trayecto a casa. Me enamoré.

A lo largo del tiempo que la literatura ha sido una columna para la sociedad, esta ha buscado enfatizar en los temores que agobian al humano. Soledad, muerte, realidad, distopías, son tan solo algunos tópicos. Sin embargo, aquello de la hoja en blanco débilmente había sido trabajado. Y es que, ¿cómo puede afectar un vacío a alguien?

En contadas ocasiones el ver aquel blanco frente a mis ojos en la pantalla o en el papel ha sido también una representación de mi andar anímico, de mi desierto al pensar. ¿Cuántas veces no le ha sucedido a uno que tras no saber qué o cómo escribir optas por pensar en tu vida y llegas a la misma situación? Uno siente que no hay sentido. 

Vicens dibujó excelsamente la situación en la que aquel personaje que siente que no tiene nada que decir termina por manifestar cada una de sus más internas esquinas de su pensamiento. La mexicana utiliza aquel miedo abrumador para que, por medio de pequeños detalles de la vida del protagonista, no pueda sentirse realizada en ninguna de sus áreas: ni laboral, ni personal. Muchas veces aquellas inquietudes es uno mismo quien se las impone.

Claramente esto no es el fin de ningún modo. Personajes de este entorno han aconsejado decenas de formas en las que dicho suceso de la página puede superarse. En lo personal, una propuesta que me atrae demasiado es la recabada por una estimada colega y amiga mía, Melani Cervantes, quien entrevistó al filósofo y escritor Oscar de la Borbolla. 

El narrador propone que se puede superar tras “reunir dos elementos que no tienen mucho que ver […] pues inmediatamente hay algo que contar; en lugar de estar atenido a la inspiración, estás atenido a la deducción lógica, y la deducción lógica es algo que siempre nos acompaña.” El mirar desde otro ángulo una misma situación, puede ampliar el panorama.

El libro vacío me sirvió para formar mi filosofía como escritor: todos tenemos algo que contar, sólo necesitamos hallar nuestro modo en el que podamos expresarlo. Por esto que redacte en estos párrafos y mucho más que no pude especificar por la limitante del espacio, recomiendo ampliamente el que se pueda adquirir la historia del miedo a la hoja en blanco. Sea cual sea la razón por la que decidas leer o releer el libro, espero de corazón que no llores tras recordar, por algún fragmento de este, alguno de los dos más agrios dolores del hombre: el amor y el adiós.

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